¿Ganar a quién?

No debemos olvidar cómo éramos, qué somos y quién queremos llegar a ser.

Constantemente oímos que “lo importante no es jugar, sino participar”. Verdadera y falsa… esta frase es tan genérica que muchas veces nos deja como estábamos. Es falsa en el sentido de que no basta con estar allí, ‘participando’.  Es verdadera en el sentido de ‘participar activamente’, con deportividad.

Y deportividad no es sinónimo de ganar.

Deportividad es esforzarse frente al adversario. Es abandonar la comodidad y luchar. Es superación. Tratar de superarse primero a sí mismo y después al adversario.

El adversario juega un papel muy importante en el deporte. Ya sea ‘peor’ o ‘mejor’ que nosotros, siempre nos marca una pauta (con sus errores  o sus aciertos) de aquello que debemos evitar y de lo que queremos emular, actuando como retrato de nuestros defectos o virtudes. Porque no nos reconocemos mirándonos en un espejo, sino alzando la mirada hacia los demás. Sólo fijándonos en ellos sabremos dónde estamos y a qué altura o a qué distancia de donde queremos estar.

Deportividad también es aprender a valorar a la personas por encima del interés personal. Tender una mano a quien cae, saberse disculpar tras una incorrección, saber perdonar la del contrincante, no hacer leña del árbol caído, felicitar al vencedor reconociendo y agradeciendo su valía.

Deportividad es tener espíritu de equipo. Reconocer el mérito de los demás en el éxito personal y alegrarse de sus éxitos como propios, así como sufrir con sus fallos y reconocer los nuestros como algo que les afecta negativamente. Aprender a valorar el menor de los esfuerzos como componente indispensable de un engranaje en el que todo cuenta para hacer funcionar una maquinaria perfectamente sincronizada. Dar un paso atrás para que otro pueda darlo hacia adelante.

El deporte es una escuela de aprendizaje donde la completa sabiduría nunca llega, pero sirve de palestra para estar lo más cerca posible de ella.

Tal vez nos hayamos acostumbrado a medir las victorias deportivas por los puntos asignados a goles y canastas, a marcas de tiempo, velocidad y distancia, distrayéndonos de las auténticas metas. No obstante esto seguirá siendo siempre así, porque hay cosas que no se pueden evaluar con puntos y hasta sería contraproducente hacerlo. Ganar un partido es muy importante, porque es una muestra de nuestro esfuerzo de superación. Pero perderlo no lo es menos.  Las personas, los equipos, no nacen hechos: se hacen a base de caer y levantarse.  Las derrotas nos enseñan quiénes son nuestros verdaderos contrincantes.

Deportividad es simplemente eso: esforzarse por ser mejor. Ser mejores nos hará disfrutar más de nosotros mismos y de aquello(s) que nos rodea(n).

No debemos olvidar cómo éramos, qué somos y quién queremos llegar a ser. Sólo recordando esto sabremos contra quién hay que competir y a quién hay que ganar.

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