De la rutina y su encanto.

Hablar de la rutina es echarse a temblar. El quehacer diario se torna aburrido, obligatorio y pesado, dejando en nosotros serias taras de depresión. Tan simple como no entender la vida.

Entendamos por rutina ese elenco de actividades que hemos incorporado a nuestra vida diaria casi con carácter obligatorio. Y lo hemos hecho porque en su día encontramos que nos resultaba útil, beneficioso o agradable. Hablo de las tareas del hogar, del trabajo, del aseo, de la compra, de la alimentación, del orden, del matrimonio o la familia, de las relaciones personales, del estudio,… en fin, de todo aquello que rodea nuestra diaria y monótona actividad. Actividades a las que reaccionamos automáticamente y que, por ese mismo motivo, se van tornando aburridas y tediosas.

Disfrutar sólo de lo extraordinario y novedoso es un atraso en nuestra inteligencia emocial que nos resta eficacia. Si falla la alegría y la motivación a la hora de hacer todas estas cosas es que hemos perdido el sentido de la belleza y de la eficacia de lo que estamos haciendo. Es el momento entonces de imaginar cómo serían las cosas sin esa actividad en concreto que te sumerge en el aburrimiento; es el momento de redescubrir su encanto, de refrescar su belleza o utilidad, aquello que nos llevó a incorporarla en nuestra agenda.

Normalmente el hastío coincide con la escasez de búsqueda de nuevos caminos. Quienes están siempre buscando nuevos senderos por donde llevar sus actividades diarias entenderán lo que digo. Porque esto sí que es cansado: buscar, analizar, cribar cientos y miles de cosas para llegar a una que te es útil o agradable. Desperdiciar el poco tiempo disponible probando actividades inútiles, trabajosas, caras o poco rentables (económica, social, moral, emocionalmente hablando), es una labor que, si se convierte en habitual, tendrá también ese carácter cansado y agotador. Quien dedica tiempo a esta actividad de exploración debe saber valorar aquello que ha conseguido arraigarse en su vida echando raíces.

Valoremos, pues, nuestras actividades diarias y tratemos de afrontarlas con la ilusión con que el primer día las elegimos como camino que nos llevaría a alguna parte; hagamos memoria de esas cimas que ansiábamos alcanzar y analicemos en qué parte de la montaña nos encontramos -porque siempre habrá partes escabrosas que no se pueden evitar. Sintámonos dichosos de tener un camino en el que unas veces disfrutaremos del paisaje y otras sufriremos el cansancio, pues es seguro que alguna vez así lo quisimos; porque de no ser así -si no lo quisiste ni has querido nunca- es hora de pararse y mirar adónde quieres ir.

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